La voz del intérprete: Ana Teresa Arcaya

Nacida en Washington en 1922, y crecida en Caracas, París y Washington, es la fundadora de la profesión del intérprete de conferencia en Venezuela, donde constituye una referencia fundamental.

Es domingo, es 14 de noviembre de 2009. Es una de estas magníficas mañanas caraqueñas, con su luz prodigiosa anunciando diciembre, sus cuadras tranquilas sombreadas por caobos y castaños. En la puerta de la vieja quinta de la familia Arcaya en El Paraíso espera Ana Teresa, 87 años de edad recién cumplidos. Impecable, invariablemente contemporánea desde siempre su estampa intemporal, su ágil estilo y afable.

Albor de la interpretación simultánea

La misma Ana Teresa Arcaya de Arcaya quien, entre tantas otras cosas interesantes y agradables, junto a un manojo de estupendas mujeres venezolanas, es pionera de la profesión de intérpretes de conferencia en Venezuela, cofundadora en 1962 y jefa en su momento del Centro de Intérpretes Simultáneos Profesionales (CISP), cofundadora en 1981 de la Asociación Venezolana de Intérpretes de Conferencia que también dirigió, y oficiante de la entonces novedosa profesión durante dos décadas, hasta que decidió retirarse en pleno dominio de sus facultades.

Tres, cuatro amables escalones y pasamos a su casa. Los ambientes sobrios, serenos. Saben, estas casas asentadas, que han hundido con suavidad sus cimientos en la tierra procurando certezas intangibles, casas a las que una imagina raíces como a un árbol invencible.

Nos sentamos a compartir en la sala. Una enorme luna luciente de espejo preside el espacio umbrío, en su luz pareciera colarse mucho y buen pasado para explayarse en la conversación. Afuera el alborozo de los cristofué resalta un sosiego, la ciudad que nos rodea ahora como retirándose acalla y cobija.

Pregunto a Ana Teresa, qué fue lo que la llevó a interesarse en la interpretación simultánea.

“Te cuento que al caer el régimen de Pérez Jiménez en 1958 regresé de España con Camilo y los hijos. Una vez instalados y pasado un tiempo, Camilo me aconsejó que fuera pensando en lo que iba a hacer con mi tiempo a medida de que, siendo varones los cuatro muchachos, se independizarían y pasaran mucho menos tiempo en la casa”.

La voz de esta mujer sigue firme y suave a la vez.

“Entonces ocurre que en 1962 cae en mis manos un aviso de prensa que convocaba a un curso para el ejercicio de la interpretación simultánea. No sabía qué cosa era aquello, pero yo estaba clara en que cumplía todos los requisitos allí señalados.”

Bajo el título “Una nueva conquista femenina: la profesión de intérprete simultánea”, un reportaje de la revista Momento en su edición del 4 de agosto de 1963, documenta lo que sería el mismísimo inicio de una apasionada aventura profesional y de una historia de pioneras en Venezuela: estoy sentada frente a una de ellas, aquí y ahora, en El Paraíso. “Muchas son las profesiones que han sido tomadas por asalto por las mujeres en nuestro siglo...” son palabras con las que arranca el trabajo realizado durante un congreso de siderurgia hace hoy 48 años. Se estrenaba en Venezuela un novedoso campo profesional: el negocio de los congresos internacionales. El reportaje incluye fotos en blanco y negro de esta conquista femenina, los retratos de “las damas que hablan tras las ventanas de cristal” desprenden un glamour y un estilo epocal ciertamente irrecuperable, por cómo varían nuestras relaciones con las palabras y las cosas a través del tiempo. Entre ellas luce retratada, muy bella, Ana Teresa.

Su padre Pedro Manuel Arcaya, historiador, diplomático y ministro de asuntos interiores en dos oportunidades, fue enviado de misión a los EE.UU. La primera vez fue en 1922.

“Así es que nací en Washington. En 1925 regresamos a Caracas donde de niña viví cinco felices años gozando del clima de Caracas. Luego, después de un año en Francia, volvimos a Washington en 1930 donde permanecimos hasta 1940. Esa época de los 7 a los 17 años fueron muy gratos, no solamente adquirí el inglés con facilidad sino que hice amigas con quienes todavía me comunico.

Como no se sabía cuanto  tiempo íbamos a estar fuera de Venezuela, mamá de una vez nos organizó clases de español para que creciéramos sabiendo hablar, leer y redactar bien, en nuestro propio idioma. El francés formaba parte del pensum del colegio Sagrado Corazón donde hice la primaria así como el colegio Madeira donde hice el bachillerato. Regresamos a Caracas en 1940, y en 1942 me casé con mi primo Camilo Arcaya. Estábamos de paso en Nueva York en 1952, cuando él cayó gravemente enfermo, tuvo que operarse y todo sucedió en momentos en que ocurrieron acontecimientos políticos en diciembre de ese mismo año en Caracas.

A Camilo no le permitieron regresar a Venezuela durante el resto del régimen de Pérez Jiménez, así es que en 1953 cerré la casa en Caracas, y con los hijos fui a Madrid a encontrarnos con Camilo. Allá vivimos hasta 1958 y a pesar de la sombra del exilio nos quedaron excelentes recuerdos de España y los españoles.”

Tiempos de cambio

Se inicia en Venezuela la etapa de intentada modernidad sociopolítica, el gran ensayo democrático. El interés de la nación dirigida por Rómulo Betancourt se concentra en la sustitución de importaciones y habían arrancado medidas coordinadas para lograrlo. A la par de los esfuerzos de intercambio comercial y diplomáticos, de transferencia de conocimiento y nuevas transacciones para Venezuela, surgió la necesidad de intérpretes de conferencia, una carrera que recién se estaba desarrollando en los países de América. El anuncio de prensa de 1962 que le había hecho un guiño a Ana Teresa fue colocado por la Agencia para el Desarrollo Internacional y el Instituto Venezolano de la Productividad, que convocaban a construir estas nuevas competencias.

“De quienes se presentaron al llamado, escogieron a unas veinte personas, de las cuales quedaron, se dedicaron a la profesión y formaron el CISP: Rayita de Benaim, Olga Soto Cárdenas, Lucía Gerstl de Martínez, Lolita Mendez de Anzola, Marisela Vegas de White y mi persona. Éramos todas venezolanas, aunque algunas nacidas afuera. Y éramos todas mujeres... pues inicialmente se presentaron caballeros interesados, pero no siguieron insistiendo: la carrera era bastante desconocida a la vez que exigente, tampoco ofrecía ingresos seguros ni inmediatos.

Al pasar del tiempo, se fueron uniendo a nosotras colegas quienes estudiaron en el exterior, y otras que se habían ido preparando en Venezuela. Cuando empezamos a trabajar en congresos internacionales de mayor envergadura, los colegas contratados desde el exterior nos animaron a ingresar en la Asociación Internacional de Intérpretes de Conferencia con sede en Suiza (AIIC). Algunos de nosotros, efectivamente, nos afiliamos a esta organización y así fue creciendo el número de intérpretes del CISP y por otro lado el contacto con el gremio internacional, hasta que se tomó la decisión formal de convertir nuestro centro en lo que actualmente es la Asociación Venezolana de Intérpretes de Conferencia (AVINC).

Recuerdo con mucho cariño a las compañeras con quienes trabajé entonces. Fue una época realmente fructífera y grata, una trayectoria llena de satisfacción porque nos sentíamos partícipes del desarrollo del país. Al cabo del tiempo algunas de las compañeras salieron a trabajar al exterior, pero la mayoría se quedó en Venezuela adaptándose a los cambios que se iban sucediendo. Sin embargo, nuestro trabajo nunca fue ni será fácil. Exige enfrentarse a conocimientos altamente técnicos y complejos, pero también la necesidad de entender tantas cosas obligan a ser comprensiva.”

Efectivamente, AVINC fue fundada en 1981 en Caracas y Ana Teresa cuenta entre las cinco fundadoras, miembros de AIIC, según consta en el acta de creación de esta asociación que en abril 2010 está cumpliendo 29 años de existencia ininterrumpida en tanto principal referencia de esta profesión en Venezuela, con respaldo internacional y buenos lazos con otras asociaciones afines, dotada de código de ética y de miembros que requieren credenciales de calidad comprobada en la práctica.

Entretanto Ana Teresa y yo nos hemos tomado un café servido con el sencillo lujo de la atención personal y vajilla acaso pasada de mano en mano, de generación en generación, sin ceder a los cambiantes colores y humores de las bulliciosas modas impuestas. Hemos conversado sobre el valor y la dificultad de la familia, sobre cómo se vivía en Caracas en la época en que esta © traficante de palabras apenas nacía y la otra inauguraba un ejercicio profesional inusitado, y los ademanes de las décadas inmediatamente anteriores que añoramos de vez en cuando pero entonces con cierto fervor; hemos  abordado poesía y música y nuestra relación con los lenguajes y a través de ellos, con la gente — hemos conversado sobre modos de ser-en-el-mundo.

Por cierto, no quisiera dejar de mencionar que la misma edición de la revista Momento aquí comentada, que costaba Bolívares 1.00, contaba para ese entonces con el premio nacional de periodismo y cumplía siete años en el mercado, contiene además un reportaje sobre un motín sucedido en La Planta, retén tomado durante horas por los prisioneros en dramáticas escenas que parecieran haber saltado hace minutos a la palestra: las fotos no distan de lo que ahora se suele muy a nuestro pesar presenciar. Otros títulos como “La ley de alquileres, una espada suspendida sobre los techos de Caracas” y “Miss Universo es Brasil...” junto al tema de la (no) “unidad de la oposición” y otro sobre la mujer sufragista en tanto factor decisivo para comicios libres con el consecuente llamado a inscribirse en registro electoral, completan el panorama de(l) Momento hace casi medio siglo. (El derecho al voto femenino se da en Venezuela en 1947, los hombres votan desde 1946, vamos bien...) En todo caso, todo esto nos retrotrae de algún modo al hecho que los tiempos no cambian (tan rápido como nosotros añejamos) y que lo verdaderamente novedoso fue la aparición de la interpretación en nuestro país, historia ahora rodeada por esta conversación en El Paraíso.

Es ya indebidamente tarde. No quiero partir sin preguntarle a Ana Teresa sobre su relación con las palabras, con nuestro oficio que, si bien subtiende el quehacer humano desde tiempos inmemoriales, es poco visible a la vez que recibe atención sesgada o distraída y en no pocos casos, para terceros resulta sencillamente inimaginable su ejecución. 

Mientras conduzco a casa, recuerdo una vez en que un asistente a un foro en Centroamérica se me acercó en un receso y dijo: “Usted debe ser maga.” (Menos mal, no dijo bruja, alcancé a pensar). “¿Cómo así?” “Es que usted ha expuesto sin prisa ni pausa lo que durante largos minutos ha parafraseado este filósofo en su dialecto impronunciable. ¿Dónde está escrito todo eso?” Era el caso de una interpretación consecutiva. Funciona para ciertos actos académicos y de alta política, sin cabina, montado el intérprete en el escenario, un ejercicio no tanto ya de velocidad y agilidad como en la simultánea, más bien quizá de dominio con voz y memoria muy bien entrenadas de un análisis comprensivo del discurso, distinto al repentino hilado por trozos, no menos cuerdo, en cabina. “No había nada escrito”, repongo. “Déjeme ver eso que tiene allí”. Cargaba yo una libretita del tamaño de la palma de mi mano, que suelo garabatear mientras el otro habla, para parecer ocupada, no distraer miradas, concentrarme y apoyar en algunos puntos esta itinerante memoria. Cuando el hombre vio el asunto, los ideogramas inventados, terminó convencido: “¡Indescifrable, es brujería!”, exclamó (no nos salvamos, me dije...). ¡Ay siglo XXI!

Profesión y vida

Ana Teresa había comentado al levantarnos del sofá para salir al sol del patio delantero de la casa en lo que sería una lenta despedida, pues debíamos, aunque no sentíamos apuro alguno:

“Esta profesión es nuestra segunda naturaleza o en eso se nos debe convertir. Sobre los idiomas decir que hay que aprenderlos muy bien desde la infancia. Sin duda te ponen a participar en otra cultura y te ayuda a comprender muchas cosas, conocer multitud de posturas, conductas y opiniones.”

Así concluye, “tan acostumbrada como yo a traducir y percibir los temblores y detectar la sinceridad del habla”, al decir del escritor español Javier Marías, quien también sabe bastante de los asuntos de la traducción, si no, pregúntale a la novela “Corazón tan blanco”, por ejemplo.

Avanzó la tarde, ya el mundo ha girado, un poco más. Sigue la luna hablando en silencio, también, del espejo. Han cambiado de lugar las claras sombras en el interior del salón. Nos hemos dado un abrazo al frente de la casa. Ya voy subiendo a mi buena torre por la autopista cuarteada, dejé atrás el Parque Botánico, sí me fijé en los pares de guacamayas en su volada vuelta acostumbrada y por mi oído interior desfilan las palabras compartidas y sus cosas. De golpe me siento enriquecida de tiempo. ¡Vaya materia prima! la que se nos ha multiplicado. A escribir, a anotar. Atrás y en el fondo de mi mente y corazón quedan la tranquilidad de El Paraíso, la serena, se diría que imperturbable y elegantísima certeza que irradia esta gran mujer venezolana.

Porque “comprende el uso de la razón entera, un juicio para las controversias, un intérprete de las nociones, una balanza para las probabilidades, una brújula que nos guiará a través del océano de las experiencias, un inventario de las cosas, una tabla de los pensamientos, un microscopio para examinar las cosas presentes, un telescopio para adivinar las lejanas, un cálculo general, una magia inocente, una cábala no quimérica, una escritura que cada uno leerá en su propia lengua ...”; porque el arte de la interpretación de conferencia comprende todos estos apasionantes retos descritos por Leibniz en epístola de 1679 para una de sus invenciones... y porque creemos en el poder de la palabra que susurrada y apegada a una verdad inadjetivable suena por encima incluso del sordo estruendo de las armas, hemos querido ser intérpretes... y hemos querido contarles.



Recommended citation format:
Claudia SIERICH GEORGI. "La voz del intérprete: Ana Teresa Arcaya". aiic-usa.com June 20, 2011. Accessed November 19, 2018. <http://aiic-usa.com/p/3653>.